Colombia: «Jesús mismo ha salido a la calle para encontrarse con las personas»

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A un mes del terremoto que sacudió Colombia el pasado 10 de agosto, sus consecuencias materiales y emocionales siguen muy presentes. En medio de la destrucción, sacerdotes, religiosas y otros miembros de la Iglesia permanecen junto a las comunidades afectadas, ofreciendo acompañamiento, consuelo y esperanza. Desde Cali y varios municipios del Valle del Cauca, algunas de sus voces muestran cómo la Iglesia continúa su misión mientras comienza el largo camino de la reconstrucción.

El padre Luis Alberto Ríos, párroco de Santa Teresa de Jesús en Cali, en el sur del Valle del Cauca, atiende a unas 9,000 personas en una de las ciudades más golpeadas por el terremoto. Para él, la devastación material dejó a barrios enteros sumidos en un silencio abrumador, semejante a un camposanto. En el conjunto de la archidiócesis de Cali se reportaron 40 templos con daños, 10 de ellos gravemente afectados y algunos completamente destruidos. En su propia parroquia, el techo se derrumbó, lo que obligó a trasladar la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos, así como la atención parroquial, a una carpa instalada en un parque cercano.

A pesar de esto, el sacerdote subraya que la Iglesia funciona hoy más que nunca como un «hospital espiritual». Para la comunidad, este espacio abierto es un lugar de encuentro vital, donde los afectados descubren que no están solos en su dolor. El padre Luis Alberto relata con emoción que celebrar afuera, al aire libre, «es un signo de que Jesús mismo ha salido a la calle para encontrarse con las personas».

Diócesis de Pamira, Colombia, una de las más afectadas

El impacto del terremoto también fue devastador en la diócesis de Palmira, a pocos kilómetros de Cali. Su obispo, Mons. Rodrigo Gallego, informa que 11 templos parroquiales resultaron afectados, con daños muy severos y demoliciones necesarias en localidades como Restrepo, Yotoco, Vijes y Darién, donde trágicamente murieron cinco niños. Además, alerta sobre la inmensa destrucción en las zonas rurales, donde colapsaron numerosas viviendas campesinas. A pesar de la destrucción de los templos, que forman parte de la identidad visual e histórica de estos municipios, Mons. Gallego asegura con convicción que «la Iglesia sigue viva y permanece». La tarea evangelizadora y la presencia pastoral continúan, adaptándose a salones comunales o espacios públicos «para mantener viva la esperanza y ser el soporte espiritual de la población».

Colombia. Celebración de la Eucaristía por el Padre Luis Alberto Ríos, párroco de Santa Teresa de Jesús en Cali.
Copyright: Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN)

Esta urgencia de preservar los espacios de reunión es compartida por Mons. César Alcides Balbín, obispo de Cartago, en el norte del departamento del Valle del Cauca. En su diócesis, que abarca 16 municipios, el terremoto dejó unos 20 templos gravemente dañados, mientras que otros 20 requieren reparaciones importantes. Al visitar los territorios, el obispo encontró a sus sacerdotes trabajando activamente junto a la gente, sin detenerse a lamentar los daños de los edificios. Mons. Balbín subraya que «el papel fundamental de la Iglesia en esta emergencia es y será brindar compañía, apoyo, consuelo y ser un centro de refugio» ante las dificultades económicas que se avecinan, entre ellas el aumento de los alquileres y las repercusiones sobre el comercio y el empleo. Destaca que mantener la Eucaristía dominical es prioritario, ya que «reunir al pueblo le otorga a este la fortaleza espiritual necesaria para emprender el largo camino de la reconstrucción».

Toda esta labor de acompañamiento, en la que la Iglesia actúa como centro de acogida y pilar de fortaleza espiritual, cobra forma en los testimonios de quienes permanecen al lado de los demás incluso en los momentos de mayor peligro. La hermana Andaris Flores, Misionera Teresita del Niño Jesús, en La Victoria, al sur de Cartago, relata cómo el 10 de agosto, mientras su colegio y su convento sufrían graves daños, decidió no evacuar el edificio. Permaneció en el segundo piso para acompañar a una hermana de 83 años que no podía bajar las escaleras. De rodillas, rezó mientras escuchaba rugir la tierra y veía cómo los techos se movían y los escombros caían a su alrededor. Ahora, acogida temporalmente por una familia, la religiosa mira hacia el futuro. Reconoce que, más allá de la reconstrucción material, la verdadera tarea a largo plazo será sanar las heridas emocionales y psicológicas y, sobre todo, «trabajar en la reconstrucción del alma».

– Hernán Darío Cadena

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