Venezuela está de duelo. El dolor es grande y, muchas veces, la iglesia es el único aguante donde aferrarse.
Un abrazo a Venezuela, el gesto más cercano
Sin duda, el gesto más cercano en estos días es el abrazo. Hay muchos abrazos, porque ahora no hay palabras, pero se necesita sentir que no se está solo. Como el abrazo de Mons. Raul Biord, ahora arzobispo de Caracas, pero durante muchos años obispo de la Guaira, con Daniel después de la misa, a quien conoce desde que era un niño. Minutos en los que Daniel se entrega en los brazos del padre buscando un agarre en ellos. Un abrazo que no puede quitar el dolor, pero que puede traer consuelo.
Los cuerpos de los que se han ido no se pueden abrazar; no ha habido despedidas. Muchas personas han vivido situaciones traumáticas: nos cuentan de una joven que recibió una llamada desde el hospital. Eran los padres de una amiga, estaban internados a causa del terremoto, pero no sabían nada de sus dos hijas. Le pidieron a la amiga de la hija que fuera a la morgue, para ver si estaban allí. Doscientos cuerpos. Ella tuvo que ir uno por uno. Allí estaban, las dos hermanas y una amiga más. El corazón se arruga.
El padre Laudence Betancourt nos cuenta que estuvo diez días yendo a uno de los lugares donde estaban buscando a los dos hijos de un matrimonio de la parroquia. Aunque al final ya se sabía que no podrían salir con vida, ellos querían que el sacerdote estuviera para darles el responso antes de que llevaran los cuerpos de los jóvenes de 23 y 16 años. El último día estuvo allí doce horas con ellos, hasta las dos de la mañana, cuando por fin los sacaron. A las 6 de la mañana le estaban llamando otra vez para que pudiera ir a otro edificio y dar otro responso para otra persona también. El corazón se arruga.
Venezuela está de duelo. La iglesia está de duelo. Son familia, son hermanos. Son fieles que han estado en la parroquia desde hace muchos años. Una de las parroquias más afectadas ha sido la de Oscar Arnulfo en ciudad Chávez.
El padre Alfredo Bustamante, su párroco, cuenta a ACN: “Era la parroquia más joven, y ha quedado prácticamente destruida. El 80% de mis fieles han fallecido. He perdido a familias enteras, se nos han ido abuelos, padres, hijos y nietos. Del coro sólo han quedado con vida cuatro personas. También han fallecido cuatro de mis monaguillos. Hemos vivido un infierno”.
La ciudad de Chávez tenía una población de 22,500 personas. El número de muertos es desconocido. Pero todos los habitantes se han quedado sin casa, incluido el padre Alfredo. Unas están desplomadas, otras torcidas como cajas de cartón, otras calcinadas. Es un terrible escenario de guerra. Es una ciudad fantasma. Muchísimos también han perdido el trabajo. La Guaira vivía del turismo, el puerto y el aeropuerto. Todo ha sido reducido a escombros.
Lo único que quedó en pie fue el santuario dedicado a san José Gregorio, santo venezolano y médico de los pobres, que tendrá que ayudar a curar las cicatrices en las almas de tantos. Su estatua, que estaba en un pedestal a tres o cuatro metros de altura, cayó de pie, como si quisiera decir que él sigue, que está para su querido pueblo venezolano. Pero como dice el padre Alfredo, “si le miras a los ojos ves que se le ha puesto el rostro triste”.
La historia es también de milagros. Al final han sido muchos también los que se han salvado, en lo que parece haber sido una destrucción apocalíptica. Durante la homilía en la iglesia de la Candelaria, Mons. Pablo Modesto, habla de eso: del milagro de haber salvado la vida. También él pensó que eran sus últimos momentos cuando, después de ponerse bajo el marco de la puerta tras el primer temblor, escuchó un ruido tremendo, brutal, una vorágine que pensó que se le iba a llevar a él. Después supo que el ruido había sido debido al colapso de los cinco edificios que había al lado del seminario. Él pudo salir a duras penas.
Muchísimas paredes habían cedido, pero ninguno de los dieciséis seminaristas sufrió daños graves. Tuvieron que sacar a dos enfermos como pudieron a cuestas. Fueron momentos duros. “Pero al final es el milagro de por qué nosotros sí que lo conseguimos y otros no. Es difícil entenderlo, pero hay que guardar esas cosas en el corazón. Como hizo María. Y saber que, si Dios nos ha regalado la vida, porque esto ha sido un regalo, es para vivirla al servicio de los otros, no para resignarnos. La pregunta no es por qué sino para qué estoy con vida”.
Muchos de los que están consolando, ayudando en los centros de acopio, colaborando con Caritas, coordinando en las parroquias han perdido ellos mismos a familiares, amigos, casa y trabajo. Nos reciben con abrazos, con gratitud, con una sonrisa por haber venido hasta allí. Comparten lo tienen. Es la otra cara del duelo, la cara de la fe de este pueblo que, a pesar del dolor, está al servicio del otro. Es una fe resiliente y agradecida. Es el gran testimonio que nos da a la iglesia universal la pequeña diócesis de la Guaira.
– María Lozano

